TEATRO: CRITICA

Guapos y malevos

Orestes, la ópera tanguera escrita por Betty Gambartes, está basada en El reñidero, de Sergio De Cecco.

JULIA ZENKO HACE EL PAPEL DE UNA PEBETA DE 20 AÑOS Y CANTA CON GRACIA Y FIRMEZA. (Foto: MARIA KUSMUK)

por María Ana Rago.

Después de un rotundo éxito en Europa —donde la crítica subrayó la calidad de la propuesta—, Orestes, una ópera tango escrita por Betty Gambartes y con música de Diego Vila arribó a Buenos Aires en el Teatro Avenida, de la mano de Buenos Aires Lírica. Hoy (a las 20) y mañana (a las 18) serán las últimas presentaciones. Estrenada en Holanda en 2002, la puesta reúne cantantes líricos y populares.

Los intérpretes, el Sexteto de Tango (piano, bandoneón, violín, vientos, percusión y bajo), la coreografía de Oscar Araiz (las parejas de tango se lucen con gracia, soltura, entrega y destreza), y la inquietante historia de Orestes logran una atractiva conjunción durante una hora y 45 minutos (dos actos, sin intervalo). Basada en El reñidero, de Sergio De Cecco, el antiguo mito cobra vida en escena. Los hechos transcurren en el arrabal porteño, entre guapos y malevos que evocan aquellos tiempos. Lo clásico y lo popular conviven sin problemas.

La muerte de Pancho Morales (Carlos Rivarola) es el punto de partida. Su hija, Elena (Julia Zenko), la recuerda y la relata. El eje de la historia gira en torno de la sed de venganza de Elena, dispuesta a convencer a su hermano, Orestes (Carlos Vittori), de la culpabilidad de su madre, Nélida (Susana Moncayo), y de su amante, Soriano (Rodolfo Valss), en la muerte de Morales. Pero las sospechas recaen alternativamente entre unos y otros personajes, cuando Soriano señala a Morales como entregador de su propio hijo. Orestes llega al velatorio, después de cumplir una condena por un crimen en defensa de los intereses paternos. Se descubren entonces mundos enfrentados que lo hacen entrar en conflicto.

En un barrio lleno de almas inquietas, la voz profunda y potente de Carlos Vittori despierta admiración y conmueve. El rojo y el negro se imponen en el vestuario (de Mini Zuccheri) y representan la sangre y la muerte que tiñen a esta trágica historia. Zenko compone a una "pebeta" que espera coqueta no marchitarse sin vengar la muerte de su padre. Su personaje tiene apenas veinte años, pero la ilusión teatral no se rompe por la diferencia de edad entre la actriz y su criatura. Y su voz sigue sorprendiendo. Orestes es uno de esos espectáculos que resultan grandes para la vista. En el amplio escenario del Avenida, casi despojado, bajo las luces inquietantes de los faroles, los personajes lo llenan con su magia.

Después de veintinueve números que combinan danza, canto y actuación, toda la compañía cierra la obra con el número final Aquí se da muestra de coraje. Un espectáculo for export que por unos días ancló en Buenos Aires. Historias de malevos, al ritmo del dos por cuatro. En fin, melodías de arrabal para contar el mito.

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